Análisis Iconográfico | Método Panofsky (Goya, Friedrich y Manet)
septiembre 12, 2025El
análisis de obras de arte no puede limitarse a la observación estética; su completa
interpretación también implica una profunda comprensión del contexto cultural,
histórico y simbólico que las rodea. Es por eso que, en este trabajo, nos
proponemos abordar a diversos artistas del siglo XIX, mediante el método
iconográfico desarrollado por Erwin Panofsky, una herramienta fundamental para
interpretar imágenes más allá de lo visible.
Panofsky
establece tres niveles de análisis: el primero es el pre-iconográfico, que se
enfoca en los elementos formales y visuales de la imagen; el segundo es el
iconográfico, que identifica los temas, motivos y símbolos reconocibles a
partir de la tradición cultural e histórica; y finalmente, el nivel
iconológico, nos permite comprender el significado profundo de la obra en
relación a su contexto filosófico y social.
El objetivo de este análisis es descubrir lo que comunican estas imágenes desde su tiempo, sus condiciones de producción y su trasfondo ideológico. Aplicar este método supone, por lo tanto, un ejercicio intelectual riguroso que conecta la historia del arte con otras ramas de la academia como la filosofía, la teología, la literatura y la política. Además de que esto requiere ser llevado a cabo con herramientas críticas y conocimiento interdisciplinario.
Goya, F. (1808). El Coloso. Museo del Prado. https://www.museodelprado.es
Análisis Pre-iconográfico
Desde
el centro de la obra emerge un gigantesco hombre desnudo, de complexión
musculosa y ligeramente cubierto de nubes. Gracias a ellas solo se le ve hasta
la cintura. Tiene la mano empuñada y los ojos cerrados, lo que sugiere tensión
y furia, un comportamiento errático.
El
cielo es oscuro. El titán emerge desde las nubes espesas que contribuyen a un
ambiente dramático y sofocante.
En
la parte inferior se aprecia un paisaje rural con personas y animales
–caballos, vacas y burros–, dispersos y en actitud de huida. Una carreta en el
centro inferior izquierdo parece volcada, intensificando la sensación de caos y
desastre. Y las figuras humanas son muy pequeñas frente al coloso, lo que hace
énfasis en la desproporción de escala.
En
este óleo sobre lienzo el uso del color es sombrío, con predominio de tonos tierra
muy oscuros.
Dentro
del contexto histórico español, y dado que Goya vivió las guerras napoleónicas,
esta imagen puede reflejar el temor colectivo ante una inmensa amenaza, tanto externa
–como los ejércitos invasores- como interna, con la violencia fratricida. Esto,
dado que la Guerra de Independencia Española no fue solo contra el ejército
francés, sino también fue un enfrentamiento interno con episodios de
colaboracionismo de españoles afrancesados, y una represión brutal de civiles.
“La posibilidad de resistencia estaba en un llamamiento a la multitud,
encarnación de la nación soberana”. (Carr, 2001, p. 95).
Este
gigante, o coloso, representa una figura mítica común en la tradición artística
europea, introducida de forma alegórica a la obra, y recuerda al “Titán” o al “Leviatán”
que es una figura bíblica usada por Hobbes como metáfora del Estado absoluto,
pero también como símbolo del pánico colectivo. De ahí que él mismo explique: “La
esencia del Leviatán consiste en conferir a un hombre o a una asamblea de
hombres el derecho de representar la voluntad de todos, garantizando así la paz
mediante el miedo” (Hobbes, 1651/2000, p. 114).
La
actitud errática del enorme coloso, y la reacción del colectivo bajo él,
sugieren que se está representando una fuerza destructiva e incontrolable. La
población civil está indefensa, con animales y carros. Ellos representan al
pueblo llano, atrapado entre fuerzas que no controla y menos comprende.
Análisis Iconológico
Este
titán puede interpretarse como una alegoría de la destrucción de la guerra. El
hecho de que sea gigante logra encarnar el miedo de las masas, el nivel de caos
social y la impotencia que siente aquel individuo diminuto ante las fuerzas
desatadas por el enfrentamiento.
Esta
pintura –tal como se mencionó anteriormente– se asocia con la Guerra de
Independencia Española (1808-1814), cuando España fue invadida por Napoleón
Bonaparte. Puede interpretarse que a Goya lo embargó este conflicto de manera
traumática y reflejó sus horrores en esta obra.
Si
lo analizamos más simbólicamente, este titán puede representar tanto al enemigo
invasor francés, como al pueblo español enfurecido, y convertido en fuerza
ciega y peligrosa. Así, se interpreta un doble símbolo de violencia. También como
un terror psicológico abstracto inexacto, caótico, y sin rostro claro.
Como
afirmaría Walter Benjamin: “El historiador materialista se distancia del relato
de los vencedores. Su tarea consiste en prenderle fuego a las mechas que
conducen a lo explosivo del pasado” (Benjamin, W., 2006, p. 60). De esta forma,
la obra se convierte en una imagen suspendida entre memoria y trauma, o entre
mito y realidad.
A
nivel de estilo, a estas alturas, y tras padecer de una enfermedad neurológica
que afectó tanto su audición, como su equilibrio y su visión, sus trazos se volvieron
más inexactos, oscuros, pero no por eso menos expresivos. De ahí que su
ejecución vuelve a esta obra parte de las Pinturas Negras de Goya: uso del
claroscuro, muchas pinceladas sueltas, atmósfera sofocante, y una total
ausencia de belleza idealizada.
Friedrich, C. D. (1828). Mañana de Pascua. Museo
Nacional Thyssen-Bornemisza https://www.museothyssen.org/
Análisis Pre-iconográfico
Óleo
sobre lienzo. En el centro inferior de la obra se distinguen tres figuras
humanas, probablemente mujeres por su vestimenta, la cual consiste en ropas
oscuras y opacas capas rojas. Están de espaldas al observador, y miran hacia un
campo abierto. Las dos mujeres de los extremos parecen ser de una edad similar,
mientras que de la que está ubicada en el medio es imposible apreciar nada más
que una rectitud hacia abajo, desde su silueta.
Se
ve un camino de tierra –delimitado por altos árboles secos y sin hojas– que se
aleja en perspectiva hacia un valle. Los desnudos árboles enmarcan la escena de
ambos lados de forma imponente, mas no opresiva. Solo acentúan la verticalidad.
Parece
ser la época de invierno. El sol en el cielo, tan alto y de un pálido amarillo
anaranjado, otorga una sensación onírica al paisaje, sugiere el amanecer. Hay
colinas de pinceladas suaves detalladas en el fondo.
Más
adelante, lápidas o bloques de piedra en el camino, que podrían interpretarse
como tumbas, casi todas del mismo tamaño.
Análisis Iconográfico
Europa
vivía las consecuencias espirituales, sociales y políticas de las Guerras
Napoleónicas (1799 – 1815). Tras el Congreso de Viena en 1815 hubo una
restauración monárquica que trajo consigo un retorno de valores tradicionales,
lo que incluyen un resurgimiento del cristianismo y de un simbolismo religioso
en el arte.
Alemania,
aún dividida en múltiples Estados, estaba en la búsqueda de su identidad
nacional, y para ello, empleó una profunda introspección espiritual y
existencial, especialmente marcada por el Romanticismo. Así señala el
contemporáneo historiador George L. Mosse: “La nación alemana fue concebida
como una comunidad espiritual y orgánica, no como una entidad política, y esta
imagen se desarrolló especialmente durante el Romanticismo” (Mosse, 1996, p.
47).
Caspar
David Friedrich fue la figura central del Romanticismo alemán, logró canalizar
en esta obra una religiosidad íntima, conectada con la naturaleza, el
aislamiento y la muerte.
En
1828, Friedrich se encontraba en una etapa de madurez artística, tocando cada
vez más la esperanza cristiana. A menudo expresada a través de sutiles símbolos
religiosos inmersos en el paisaje. “Friedrich desarrolló una estética religiosa
profundamente influida por su educación protestante y pietista” (Börsch-Supan,
1974, p. 45). Por lo tanto, se infiere que las tres mujeres vestidas con mantos
evocan a las Tres Marías (María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé), y que,
según el relato de La Santa Biblia, visitan la tumba de Cristo en la mañana de Pascua.
Así,
todo en este lienzo tiene un significado.
El
camino desierto y largo puede representar un viaje espiritual. Una
esperanzadora travesía hacia la revelación. El paisaje invernal, desnudo,
simbolizarían la muerte, y la tristeza que ella implica. Y es posible
interpretar la tierra aún estéril como el tiempo previo a la resurrección. Un
mundo todavía aguardando su renacimiento, melancólico pero resignado a la larga
espera. Y el sol naciente, como elemento esencial dentro de la obra, simboliza
directamente a la Resurrección. Aquella luz se alza sobre el mundo muerto y
eleva el camino hacia el renacer espiritual; la esperanza tras el sufrimiento, y
puede también representar directamente la presencia divina.
Análisis Iconológico
En
esta obra, Friedrich presenta el drama de la esperanza humana frente a la
muerte. El paisaje natural y las tres mujeres rumbo a una tumba vacía se puede
interpretar también como la fe del ser humano, enfrentándose al misterio del
más allá, en busca de algún consuelo.
No
hay narración directa, sino sólo atmosfera, reflexión, contemplación, pues la
espiritualidad aquí no converge en algún milagro visible, sino en el paisaje
silencioso, místico y sublime.
Esta
pintura se inscribe como una visión romántica del cristianismo. Es posible
interpretar la naturaleza como un enorme templo, y el hombre como un ser
pequeño, pero esperanzado ante la grandeza de lo divino. “El hombre lleva en sí
intereses más elevados e importantes de lo que el arte es capaz de satisfacer.”
(Hegel, G. 2005, p. 29). Y aun estando consciente de los límites del arte en contextos
más etéreos, Friedrich es capaz de transmitir un sentimiento muy específico.
En
este caso, el observador se sitúa como el testigo de una escena íntima, con
significado trascendental para las protagonistas.
El
artista, en Mañana de Pascua, no representa el evento milagroso de forma
explícita, sino que lo constituye como un paisaje emocional, espiritual, en el
que la naturaleza y la fe se entrelazan.
A través de esta canalización cristiana: la atmósfera de luto, las tres mujeres y el sol naciente, genera una imagen de esperanza de resurrección y vida eterna, en la promesa. Y además muestra la vulnerabilidad del alma humana ante la adversidad.
Manet, E. (1864). L’Homme mort.
Museo National Gallery Washington D.C.
https://historia-arte.com/
Análisis Pre-iconográfico
En
este lienzo, un hombre yace en el suelo con el cuerpo extendido horizontalmente
sobre un suelo plano, un fondo neutro con muy poco trabajo, apenas insinuado.
Sin muestras de espacio o entorno. El hombre viste un traje de luces,
característico de los toreros, y en él resaltan algunos detalles dorados.
Se
aprecia que la figura está muerta: los ojos cerrados, rostro pálido, postura
desvanecida y rígida.
No
hay arena, toro ni espectadores. El cuerpo parece aislado, lo que resalta la
anatomía y la palidez en general: de su rostro, de sus manos, e incluso de la
muleta que se caracteriza por su rojo intenso. La obra por completo está
cubierta de una luz fría, fúnebre.
En
español conocida como “Torero Muerto”, la obra es un óleo sobre lienzo de
estilo impresionista.
Análisis Iconográfico
Un
torero es símbolo de valor, del arte como un rito, y del sacrificio. En la
cultura española, y especialmente en la mirada romántica francesa del siglo
XIX, la tauromaquia era vista como una ceremonia casi litúrgica, donde el
torero enfrentaba a la muerte con una mezcla de técnica y temeraria valentía.
Sin
embargo, en esta obra, Manet despoja a la escena de cualquier elemento
descriptivo. No hay toro, nadie alrededor, no hay acción. Solo el cuerpo inerte
del torero, tendido de forma escultórica, provocándonos piedad. “En lugar de
glorificar al héroe, Manet lo reduce a un cuerpo mortal y anónimo, borrando la
épica de la muerte heroica para convertirla en materia de contemplación”
(Clark, 1985, p. 29).
Manet
pintó L’homme mort tras su viaje a España en 1865, aunque la parte principal
del lienzo pudo haber sido iniciada en 1864. En ese tiempo, el arte español
influyó en su estilo. Especialmente la pintura de Goya sobre la violencia, la
muerte y la guerra dejó una huella evidente en la manera en que Manet abordó el
cuerpo humano y la tragedia.
“Manet estaba más interesado en los valores pictóricos, en la armonía de los colores y en los efectos de la luz, que en la anécdota o el sentimiento." (Rewald, J., 1973, p. 76), y gracias a esto, comprendemos que Manet priorizaba los aspectos formales y lumínicos en su pintura, enfocándose más en la representación pictórica que en el contenido temático. Cumple su objetivo entonces al hacer de esta obra algo tan puntual, dado que ese era su fin.
Análisis
Iconológico
La
representación de la muerte en el ámbito académico tradicional, especialmente
en las pinturas históricas y religiosas, estaba cargada de trascendencia,
promesas de redención y de gloria. Todos los héroes morían con dignidad, en
poses dramáticas y rodeados de símbolos que aludían a su gran valor o destino
divino. El fallecimiento era un evento teatralizado, con una función un tanto aleccionadora.
En
contraste, esta obra presencia una ausencia radical de este dramatismo. El
torero yace en el suelo en una postura que sugiere derrota y abandono, no
heroísmo. No hay composición que busque la elevación del espíritu.
Tal
como menciona el renombrado historiador Theodore Reff, especialista en arte
moderno: "La figura del torero muerto, cortada de forma abrupta y sin
ningún intento de embellecimiento o dramatismo, ofrece una visión despojada y
realista de la muerte, en marcado contraste con las representaciones heroicas o
patéticas comunes en la pintura de historia y en las escenas de género
aceptadas por el Salón." (Reff, T. 1987, p. 63). En este sentido, la obra
se puede leer como una crítica al arte académico, a aquel teatro de muerte
gloriosa.
Que
el torero sea el único elemento en la obra, es casi como si Manet quisiera
forzar al espectador a mirarlo como única cosa, en una especie de castigo. No
solo inerte tras fallecer, sino también congelado en el tiempo. Esta
frontalidad y crudeza de escena despojan a la muerte de cualquier aura
trascendente, y simplemente se vuelve la constatación de un final físico.
La muerte en este escenario se transforma en un hecho banal y corpóreo, anticipando con esta específica representación los problemas modernos del cuerpo y su mortalidad, como símbolo de lo efímero y también de los inicios de un radical cambio político.
Thomas Villegas y Mariana Negredo
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