La persona | Antropología Filosófica
septiembre 12, 2025Ensayo II
Lo que decimos cuando afirmamos que alguien es persona
La persona es un fin en sí misma, y no está limitada por su individualidad psicofísica. De ello se sigue que la individualidad se encuentra en la sustancia, pues somos sustancias intelectuales, y de nuestra naturaleza intelectual deviene nuestra propia vida. Eso manifiesta que tenemos una vida más alta que todos los demás seres, que está bajo el control de nuestras decisiones ejecutadas según consciencia, influencia y según moralidad, porque es interior.
“Hombre
y persona no son conceptos equivalentes, pero son inseparables, se dan la mano,
el uno ayuda a la comprensión del otro.” (Rodríguez,
Ángel. La persona humana. Algunas consideraciones. Sección Estudios, 2001,
p. 239). Tras esta comprensión, la individualidad se pronuncia sobre nuestros
actos, que son irrepetibles. Y para ello, todas las personas tienen y se llaman
por un nombre particular, para poder atribuir responsabilidad en todo sentido.
Así con
la intelectualidad de la vida interior, se sigue que la persona nombra la
dignidad. Y esta dignidad debe entenderse no como un atributo que se alcanza o
se gana después de un acto, sino como algo que te constituye como persona, así
como la vida intelectual. “La dignidad humana no puede ser entendida sólo
como una conquista, pues habría muchos que conforme al parámetro establecido de
dignidad no la alcanzarían.” (Rodríguez, Ángel, La persona humana.
Algunas consideraciones. Sección Estudios, 2001, p. 239).
Y así,
cada cosa que entiende el ser personal, lo vive en singularidad.
La persona como sujeto y término de amor y amistad
Ninguno
de nosotros se basta a sí mismo, y es por eso que necesitamos de los demás. Eso
se infiere dese La Política de Aristóteles; aquel es el impulso natural que
tenemos de relacionarnos con otras personas.
Como
sujeto de amor, la persona posee la capacidad de darse a otro voluntaria y
libremente, reconociendo en ese otro un valor por sí mismo y no por utilidad o
siquiera placer. Aquel es un acto profundamente personal que solo un ser con
voluntad y libertad puede ejercer. Dado esto, la persona no solo ama, sino que
también es término de amor. Es digna de ser amada por lo que es, y no solo por
lo que hace.
Por
otro lado, la amistad es una forma elevada del amor humano, caracterizada por
la reciprocidad y así la búsqueda mutua del bien común. “La reciprocidad es
una exigencia de la comunicación plena a que aspira todo amor.” (Forment,
E. Id a Tomás – Extracto: El amor personal. Paper Universidad Gabriela
Mistral, 2025, p.1).
No
obstante, esto puede darse únicamente entre personas virtuosas, capaces de
desear el bien del otro libre y voluntariamente. En el sentido aristotélico, las
personas no virtuosas pueden tener amistades, pero no una amistad verdadera,
pues sus vínculos estarán centrados en la utilidad y no en el amor
desinteresado por el otro. "Los que no son buenos no
pueden ser amigos en este sentido, porque no se complacen en lo que es bueno,
ni se desean mutuamente el bien”.
(Aristóteles, Ética a Nicómaco, Editorial Gredos, 2022, libro VIII, p.
464).
Así,
cada uno el motivo del amor de amistad, y cada uno el sentido del amor, luego
el amor es donar a aquel otro nuestra libertad.
Por
todo esto, la persona humana manifiesta la profundidad de su ser relacional y
ético, pues si indagamos un poco en esta libertad, notamos que cuando todo es
una elección, el deseo de ser feliz no lo es. Perseguimos libres todos los días
ese deseo, pues la felicidad es eso que enciende todas nuestras motivaciones y
posteriores acciones, por eso es poético pensar que la razón que nos hace libres
es aquella misma que no podemos elegir.
La dimensión inmanente y trascendente de la persona humana
La perfección y desarrollo del ser humano como ente intelectual,
implica la plenitud de sus potencias. Gracias a eso logramos comprender que en la
dimensión inmanente del ser humano todo se explica desde y hasta la materia, y
nada se puede conocer de esta dimensión desde el exterior de la persona. “Acción
inmanente es aquella que brota del sujeto y termina en el mismo sujeto. El caso
de la inmanencia es el compuesto del alma y cuerpo, el acto cognoscitivo donde
el acto de conocer es producido por la facultad intelectiva y recibido por la
misma facultad”. (Mankeliunas, M. Inmanencia y trascendencia en la
persona humana, Paper Universidad Gabriela Mistral, 2025, p. 68).
Es la vida interior la que nos permite actuar de forma
consciente, deliberada y con sentido. Y es a través de esta dimensión que la
persona no sólo reacciona al mundo exterior, sino que construye su identidad.
La moralidad, la responsabilidad y el crecimiento personal son la expresión de
esta inmanencia.
La dimensión trascendente, por su parte, es la apertura al
infinito. Es lo que está más allá de las categorías y conceptos. “Se llaman
trascendentales aquellos conceptos que tienen esta cualidad: ser, verdadero,
uno, bueno, algo cosa. Estos son conceptos universalísimos, y por ello mismo se
dice que están sobre o más allá de todos los conceptos o categorías de la
realidad”. (Mankeliunas, M. Inmanencia y trascendencia en la persona
humana, Paper Universidad Gabriela Mistral, 2025, p. 66).
La trascendencia parte desde la inmanencia, se realiza desde y
para ella, y ambas se integran en la persona. Así, esto es el deseo de verdad,
de justicia y de felicidad plena. El hecho de contemplar la existencia más allá
de nosotros, de entender la continuidad de la vida aunque ya no seamos parte de
ella.
Ambas también son dimensiones constitutivas de lo humano. Y en este sentido, el amor es una forma de trascendencia, pues no se busca poseer, sino darse. Trascendemos el egoísmo para buscar el bien del otro. Y así descubrimos que hay algo más importante que nosotros mismos, y que su plenitud no se alcanza en el aislamiento, sino en el vínculo. De este modo, el amor se convierte en la mejor vía hacia la verdad más profunda de la persona humana, pues cuando el ser ama desde la inmanencia, se trasciende a sí mismo.
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