Conocimiento humano | Antropología Filosófica

septiembre 10, 2025

Ensayo II | Antropología Filosófica


En torno al conocimiento humano y su naturaleza


Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber” (Aristóteles, 350 a.C, p. 1). Desde la antigüedad clásica podemos decir que Aristóteles plasmó la necesidad humana de conocer como parte esencial de su naturaleza. Esto, por cuanto el ser humano se sabe conocedor.

Así, entendemos que el conocimiento se organiza jerárquicamente: comienza desde la experiencia sensorial, pasa por la consciencia y la técnica, y culmina en el entendimiento y en la sabiduría. Esta última siendo el conocimiento de las causas primeras.

El hecho de que existan cosas por conocer justifica la existencia de la facultad de la inteligencia. Así pues, toda facultad opera para alcanzar su objeto, y aquello explica que la razón de la inteligencia es la verdad.

Nuestra naturaleza nos lleva a buscar el bien en general. Siempre queremos las cosas que nos convienen de algún modo. Por eso, al entender, vivimos del modo más elevado, porque en ese proceso es que se va perfeccionando la inteligencia, y por ende, esta se acerca más a la verdad.

De tal forma, el conocimiento se despliega entre dos grandes aristas: el conocimiento sensible y el conocimiento intelectual. El primero nos permite obtener las primeras impresiones, además de que está asociado a los límites mismos de la materia. Desde él, podemos crear un concepto universal, pues la materia es la causa de la singularidad.

Por otro lado, para captar la universalidad es imperativo recurrir al conocimiento intelectual, puesto que los sentidos no emiten juicios, solo captan estímulos e información.

De ahí que la natural inclinación del ser humano al entendimiento, y por ende a la verdad, no implica que sea fidedigna. El error justamente está en la inteligencia, pues los sentidos son solo receptores de la realidad. Un error no puede cometerse solo al percibirlo sensiblemente, el error se comete en la elección.

Sin embargo, a través del conocimiento intelectual no hay límites. Cuanto más presente, o más entendido esté el objeto en el intelecto, más claro se vuelve. Y es solo la intensidad del objeto la que limita su entendimiento en el conocimiento sensible, pues si el objeto excede sus propiedades más allá de nuestra percepción, dejamos de captarlo.

Mas no hay otro camino. En la abstracción que logramos en el inicio de nuestro razonamiento, se separa lo inmaterial de lo material. Extraemos la dimensión material de lo que observamos para apropiarnos de ella, y así, se concluye que la única forma de acceder a la realidad es a través de una imagen, pues es aquella la que carga con la identidad de las cosas.


Por ende, lo normal, lo esperable y lo natural del conocimiento humano es aprehender nuestra propia existencia, tenernos presentes, y ser capaces de incorporar todo lo bello que hay en la realidad.

De esta forma, el conocimiento no es solo una actividad del intelecto abstracto, sino una manera de estar en el mundo que compromete mente, cuerpo y espíritu. Esta visión integral de Aristóteles se aleja de la idea cartesiana de la razón como entidad separada del cuerpo, y afirma una unidad sustancial en el entendimiento humano.

No obstante, el conocimiento, aunque orientado a la verdad y con este vasto espacio intelectual sin límites, es finito. “El hombre es el ser que se interroga por el ser, aun sabiendo que no podrá aprehenderlo totalmente” (Jaspers, Gredos, p. 68). Esta limitación en ningún caso niega la posibilidad de conocer, sino que introduce una actitud de humildad frente al misterio del ser. Y así como logramos entender que conocemos, entendemos que no podemos salir del espacio del objeto de estudio, y aquello vuelve mucho más difícil el desafío intelectual de no alterar aquel objeto analizado, con nuestra existencia.

El conocimiento, en última instancia, contribuye a la realización plena del ser humano, con la intención de poder acercarse a su fin último. Para el filósofo alemán Max Scheler, el hombre es un ser capaz de elevarse sobre sus impulsos y dirigir su vida conforme a valores superiores: “El hombre es el ser que puede decir no a sí mismo” (Scheler, Revista de Occidente, p. 41). Y es esta gobernanza interior la que le permite orientar su conocimiento hacia la verdad, el bien y de algún modo a la belleza; todo a lo que nos sentimos atraídos por naturaleza.

Por otra parte, el tomismo cristiano también reconoce este carácter sumamente abstracto y espiritual del conocer humano y afirma que “el entendimiento es la facultad más elevada del alma humana y su acto más perfecto es la contemplación de la verdad” (T. de Aquino, BAC, I q. 79, a. 9). Así para él, conocer no es solamente natural, sino que también una manifestación demostrable de la luz divina y de esta consciencia de conocer que se nos es dada para evolucionar.

Ahora, desde la antropología filosófica, podemos concluir que el conocimiento se comprende como una manifestación esencial del ser humano, inevitable y constante, que lo distingue de los demás seres vivos. De esta forma, el trascender su mera existencia biológica le es permitido, y satisface su necesidad.

A través del conocimiento, el ser humano se abre al mundo, a los demás, a sí mismo y también a lo absoluto. En palabras de Aristóteles, “el hombre que vive según la inteligencia vive la vida más conforme a la naturaleza y a la divinidad” (Aristóteles, Alianza, X, p.8, 1178b). El camino de nuestra justificación es nuestro conocimiento. Por eso, una vez cercanos a la muerte, nos urge encontrar todo sentido, pues genuinamente para el ser, la vida no significa nada sin él.



Mariana Negredo J.

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