Inmaterialidad | Antropología Filosófica
septiembre 10, 2025Ensayo I | Antropología Filosófica
La Inmaterialidad
Cuando se habla de concepto, se habla de algo inmaterial, y esta inmaterialidad converge dentro de nuestra vida intelectual todo el tiempo de forma consciente e inconsciente.
Bajo el latín conceptus se remite a su carácter universal, y se entiende desde una medida de unidad del conocimiento. Es abstracto en cuanto que no comparte cualidades específicas, sino características generales que todo ser habilitado para la polis comprende. Por ejemplo, el concepto “casa”. Se entiende correctamente lo que es una casa si es mencionada, aunque la casa que el individuo esté habitando sea muy diferente a la que le estén refiriendo.
Desde ahí entonces es que nos podemos aproximar al concepto de vida, pues es un concepto metafísico que se busca más allá de lo físico y empírico.
La vida es corporeidad e intelectualidad, y sin embargo, al no ser percibida a través de los sentidos, podemos decir que, en la realidad, la vida propiamente tal no existe, sino que la observamos a través de los vivientes, pues ellos actúan sobre sí mismos con espontaneidad. “La vida es una propiedad del ser que realiza actos característicos”. Así pues, según Verneaux, la vida es comprobable a través de los seres, seres que son cambiantes a cada instante debido a movimientos intrínsecos, a diferencia de los sin vida. Aquella sería la mayor aproximación hacia aquel concepto que es posible alcanzar desde la filosofía.
Sabiendo entonces que la voluntad es lo que mueve al entendimiento, se comprende que la inteligencia está ordenada primera y fundamentalmente al conocimiento de la realidad material. Pero para que esto sea posible, se realiza antes una operación vital propia del alma intelectual, que es entender. Al primero entender que entendemos -es decir, al ejercer una primera reflexión sobre el acto mismo de entender-, se vuelve posible el verdadero conocimiento. El logos interno aparece y nos hacemos conscientes de nuestra vida intelectual. “La actividad contemplativa es la más elevada, porque el entendimiento es lo más elevado que hay en nosotros, y los objetos que conoce son los más elevados entre los que puedan conocerse”. Gracias a esta contemplación es que el individuo puede saberse dotado de razón, conectar con su propia identidad y acercarse un poco más a la verdad.
Al individuo no hay que identificarlo a partir de lo común, sino de lo propio. Se puede saber mucho más de un árbol aseverando que es sencillamente un árbol, que de Marisa diciendo que es un ser humano, pues todos los árboles operan igual. Lo más propio del ser humano es lo propio, dado que puede actuar de forma libre e individual gracias a esta posición intelectual.
De esta compleja unión de cuerpo y alma que es el ser humano, se puede extraer una conclusiva dualidad no excluyente: El alma forma al cuerpo, lo vivifica y genera un tipo de movimiento para un determinado fin. “El cuerpo humano representa al ser humano completo, pero no es todo el ser humano. El mismo cuerpo humano entraña algo más que cuerpo”. Así, el autor señala que la espontaneidad del movimiento intrínseco, y aquel paso de la potencia al acto, es indispensable frente al estudio del cuerpo humano para poder observar la vida, comprendiendo la voluntad del ser y sus motivaciones.
“El alma es el acto primero de un cuerpo natural que tiene vida en potencia”. De esta manera, el cuerpo humano –animado intelectualmente-, es el recipiente en el cual el alma vierte su voluntad, y su estudio no solo ayuda a entender cómo funcionamos biológicamente, sino que también nos permite explorar dimensiones más profundas de lo que significa ser un ser viviente y nuestra conexión con la realidad.
El cuerpo es el canal sensorial para que el alma continúe recibiendo estímulos, imágenes e información, y así pueda seguir pronunciándose sobre el cuerpo, manteniéndolo vivo.
Ahora bien, -reconociendo la precariedad del cuerpo y su desgaste-, entendemos nuestra finitud tan claramente como entendemos nuestra existencia. Lo aceptamos a pesar de que esto, aun filosóficamente, siga siendo un misterio. Desde allí el miedo a la muerte y el ansia de eternidad en el ser humano se vuelven conceptos antropológicamente naturales.
La trascendencia, y el hecho de que el entendimiento se abra a la existencia de Dios, es antes un tema filosófico que teológico, pues es profundamente humano preguntarse sobre el sentido de nuestras acciones al momento de creer estar cerca de la muerte, puesto que no podemos entender la muerte sin él, sobre todo por el activo sentido de la justicia.
“La causa final es lo que da razón del ser de un objeto, ya que es el fin al que todo tiende”. Si entendiéramos la muerte nos entenderíamos completamente, pero de momento, lo más lejos que podemos llegar a comprender es que hay una dimensión de nuestra alma que es inmortal, -dado también porque es inmaterial, y por ende, no está sujeta a la corrupción del tiempo y espacio–, y que puede seguir operando luego de fallecido el cuerpo.
“La muerte es capaz de aliviar al hombre del sufrimiento de la vida cotidiana, la muerte es sin duda el verdadero descanso”. La muerte es, quizás, el principal tema filosófico por excelencia, pues exige pensar los límites del conocimiento, del cuerpo, del alma, del tiempo y del ser.
Nada material existe para siempre, esta es una conclusión demostrativa. Entonces, para afrontarla existen dos caminos: El primero es aceptarlo y continuar viviendo con esa respuesta. Y el segundo, es buscar otro mecanismo para que dentro del entendimiento todo “encaje”, o todo tenga aquel sentido que tanto ansiamos. Ambas formas demuestran, de hecho, que somos entes intelectuales.
Mariana Negredo J.
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