La justicia es un concepto abstracto, voluble y sujeto
al color de la moral. Por eso se vuelve tan interesante estudiarla dentro de La
Divina Comedia, de Dante Alighieri.
Escrita entre 1308 y 1320, en su contexto histórico esta
obra resulta rupturista por varios motivos. En primer lugar, es una de las
primeras obras escritas en italiano en la edad media, lo cual resultó
innovador, ya que hasta entonces toda obra era escrita mandatoriamente en
latÃn.
Por otro lado, en esa época, Italia estaba fracturada
por un complejo conflicto polÃtico-religioso que, sin duda, inspiró copiosamente
la idea central de la obra.
Y finalmente, el profundo tema a tratar en sus cantos,
y la simétrica y calculada estructura de ellos, desplegó un radiográfico
análisis de los pecados del ser humano y sus perspicaces castigos
proporcionales a sus faltas. Aquello resonó fuertemente con la capacidad de
asombro de las personas en la época medieval, y posicionó a esta obra en un
papel protagónico y constitutivo del canon.
Es justamente en este último punto en el que más me
voy a detener. En este ensayo analizaré especÃficamente el concepto de justicia
divina dentro de los nueve cÃrculos del infierno dantesco, considerando el
contexto histórico de la obra y de su autor para vislumbrar el origen de la
verdad que quiso contar, y desde allà estudiar el contrapasso de cada
castigo desplegado como una forma de distinguir la mente de autor, pues quizás,
y desde la perspectiva de su exilio, esta obra resultó ser su propia forma de
hacer justicia.
i. i. Contexto
histórico de la obra
Las dinastÃas alemanas de la casa de Baviera, los
Welfen (güelfos) y los Hohenstaufen (gibelinos) de Suabia originaron una
encendida rivalidad polÃtico-religiosa en la época. Esto, dado que los güelfos
eran partidarios de que la autoridad papal debÃa ser suprema para guiar a los
pueblos cristianos, y eran opuestos a los gibelinos, quienes apoyaban solo al
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico para limitar la influencia papal.
Posteriormente, y en virtud de descartar extremos,
hubo una división interna entre los güelfos en dos facciones: los güelfos
blancos y negros. Los primeros buscaban más autonomÃa de las ciudades frente al
papado y los segundos, continuaban vitoreando el absoluto poder papal. Esta
lucha se extendió a Italia y desarrolló el conflicto de los dos grandes poderes
universales de la época: la religión y el imperio.
En Florencia, Dante pertenecÃa a los güelfos blancos.
Y en 1302, cuando él se encontraba en Roma, fue acusado de corrupción y otros
falsos delitos. Entonces fue condenado al exilio permanente, con la amenaza de
ser quemado en la hoguera si regresaba. Fue separado para siempre de su mujer,
Gemma Donati, y de sus pequeños hijos, quienes permanecieron en Florencia.
“En 1315, las autoridades negras de Florencia le
ofrecieron la oportunidad de volver, pero con condiciones humillantes: vestido
con un saco de penitente, debÃa postrarse ante el santo patrón, declararse
culpable de falsa malversación y pagar una elevada multa” (MartÃ, 2025). El
poeta rechazó la oferta, y fue durante su errante destierro que escribió la
obra maestra de La Divina Comedia, demostrando asà que el dolor puede ser
semilla de una alethéia magnÃfica.
Finalmente, Dante Alighieri falleció en septiembre de
1321, tan solo un año después de la publicación de su obra, en Rávena, ciudad
que le prestó refugio.
ii. Sobre los conceptos de justicia y contrapasso
En primer lugar, si analizamos filosóficamente el
concepto de justicia de manera global, nos damos cuenta de que tiene que ver
con el sentido y el reconocimiento a nuestra bondad, y asimismo el castigo de
nuestras faltas, para que el compromiso en nuestras acciones tenga algún fin.
Es un principio connatural del ser humano encontrar el fin último de todas las
cosas, y la justicia es uno de ellos a propósito de las decisiones que tomamos
y las acciones que realizamos.
De modo tal que, en este sentido, la justicia no solo
implica la aplicación de una norma o la reparación de un daño, sino también el
equilibrio entre el bien y el mal dentro del orden universal que como humanidad
hemos planteado.
Desde una perspectiva espiritual, incluso puede
entenderse como la manifestación de una voluntad superior que garantiza la
armonÃa del caos, donde cada acción humana, ya sea virtuosa o viciosa, tiene
consecuencias inevitables.
En La Divina Comedia, Dante transforma esta noción,
solo vuelta idea hasta ese momento, en una experiencia concreta e impactante.
Los castigos no son arbitrarios, sino que son pensados especÃficamente para que
sean un reflejo exacto, simbólico y proporcional al tipo de falta cometida en
vida, y de aquello se compone básicamente el nombrado contrapasso. De
este modo, la justicia divina se convierte en una ley de correspondencia moral
que ilumina la comprensión humana, y el contrapasso en el sistema de
medición y calibración de esta ley.
“En La Divina Comedia, el contrapasso funciona no
sólo como castigo, sino como una forma de educación en la justicia donde cada
pena enseña la reciprocidad entre acto y consecuencia” (Hernández, 2016, p.
59-66).
i. iii. Sobre
la justicia y el contrapasso en el Infierno dantesco
El contrapasso, del latÃn contra y patios,
que quiere decir “sufrir lo contrario”, se desprende el eje moral del poema. Y
es a través de esta estructura que Dante traduce la justicia en imágenes
poéticas y explÃcitas, donde el castigo no solamente reprime, sino que revela
la verdad de las acciones humanas. “Este «otro» mundo se
muestra aún más vÃvido que el mundo de la percepción sensorial ordinaria
gracias a una imaginerÃa sorprendentemente realista, incluso surrealista”
(Franke, 2009, I).
En el primer cÃrculo se encuentra el Limbo, que acoge
a las almas de quienes vivieron con virtud, pero que nacieron previo a la
venida de Jesucristo, o en vida no fueron bautizados. Entre ellos se encuentran
filósofos de la antigüedad como Sócrates, Platón y Aristóteles, y también
poetas como Homero, Horacio y el propio Virgilio, quien es el guÃa de Dante por
los cÃrculos. Al haber sido personas virtuosas, no sufren tormentos fÃsicos,
pero viven en una eterna esperanza de luz que no aparece. Aquà el contrapasso
es sutil, se vislumbra incluso una pequeña recompensa dada la serenidad del
lugar descrito. No obstante, no vivieron con la fe necesaria para ascender y
alcanzar la salvación, por ende su castigo es la privación de la visión divina,
asà como en vida ellos se privaron de la fe. Aquà se vislumbra que la justicia
divina trasciende la moral, y actúa como si los condenados estuvieran
destinados a quedarse allÃ. PodrÃa ser cuestionable el ascenso de ellos en esta
obra.
En el segundo cÃrculo habitan los lujuriosos, aquellos
que en vida se dejaron arrastrar por los placeres y las pasiones carnales sin
control. En este cÃrculo el contrapasso está dotado de cierta belleza
poética y es evidente, pues son elevados por los aires en un huracán inclemente
sin parar. La justicia divina se manifiesta aquà en la correspondencia directa
entre impulso y consecuencia: el deseo que antes les otorgó placer, ahora se
convierte en su situación entera. Si se dejaron llevar una vez, ahora nunca lo
dejarán de hacer.
El tercer cÃrculo castiga el pecado de la gula,
quienes entregaron su vida a los excesos de la comida y la bebida. Allà las
almas condenadas yacen en fango -cuales cerdos-, y son atormentadas por una
lluvia sucia y helada que no cesa sobre ellos. Este cÃrculo otorga el castigo
más obvio, pues reproduce materialmente la degradación del exceso, ya que
quienes vivieron únicamente para complacer al cuerpo, ahora son reducidos a
cuerpos insuficientes rodeados de todo lo que repele a sus sentidos. El contrapasso
funciona como espejo moral, pues aquà la abundancia se pudre y la satisfacción
asquea.
Los condenados en el cuarto cÃrculo son los avaros y derrochadores,
quienes en vida se dedicaron a gastar lo que no tenÃan, o a guardar aún
teniendo demasiado. Todos aquellos quienes no administraron correctamente sus
bienes, los despilfarraron, los despreciaron, no los supieron aprovechar ni
para su propio bien ni para otros. Ellos aquà están condenados a empujar
enormes pesos unos contra otros, chocando entre sà y luego cambiando de
dirección para volver a chocar, mientras se gritan reproches mutuos. El contrapasso
aquà encarna la futilidad de sus actos. La riqueza que antes aspiraron y
desaprovecharon ahora se transforma en una carga inútil y en una lucha perpetua
sin sentido. La justicia divina en este caso recuerda que la virtud se halla en
la medida.
El quinto cÃrculo alberga a los iracundos y a los
perezosos, almas de ambas clases están sumidas en la laguna Estigia. Las
primeras se golpean y se desgarran entre ellas en la superficie del agua, sin
parar. Mientras que las segundas almas permanecen sumergidas, ahogadas en
inercia. Dante plasma en este cÃrculo una justicia de contraste nuevamente,
como en el cÃrculo anterior, pues los iracundos están condenados a revivir su
furia continuamente y los perezosos sucumben en un silencio eterno sin opción.
Ambos desórdenes interiores enfrentan la naturaleza elegida.
El sexto cÃrculo está reservado para los herejes,
quienes negaron en vida las verdades de la fe. Ellos son enterrados en tumbas
ardientes, cuyos sepulcros serán sellados definitivamente el dÃa del Juicio
Final. El contrapasso en este caso también es evidente, pues todos
quienes en vida negaron la dimensión inmortal del alma, ahora viven la muerte
perpetua de forma consciente.
El séptimo cÃrculo está dividido en tres anillos y
aquà se castiga a todos quienes ejercieron la violencia contra el prójimo,
contra sà mismos y contra Dios. En el primer anillo los homicidas hierven en un
rÃo de sangre custodiado por centauros. En el segundo, los suicidas se
transforman en árboles retorcidos, desgarrados por las harpÃas, pues habiendo
negado su cuerpo, ahora deben perderlo para siempre. Y en el tercero están los
blasfemos, sodomitas y usureros que son castigados bajo una lluvia de fuego sobre
un arenal ardiente, sÃmbolo de su rebeldÃa contra el orden divino. En este
punto, Dante eleva el contrapasso a su máxima expresión simbólica
convirtiéndose los castigos en una metáfora viva del pecado, donde la justicia
reordena mediante el sufrimiento.
El octavo cÃrculo es llamado Malebolge, es decir, bolsas del mal, y está reservado a los fraudulentos. Este se divide en diez fosas o bolgias, y allà se castigan a los seductores, aduladores, hipócritas y falsos consejeros, entre otros. Cada fosa aplica el contrapasso de manera especÃfica, ya que los aduladores se revuelcan en excremento, los hipócritas cargan capas de plomo dorado, condenados a seguir aparentando, y los consejeros arden envueltos en llamas. En este cÃrculo se refleja la corrupción intelectual. Quienes usaron su palabra o su ingenio para distorsionar la verdad, son consumidos por su propio artificio.
iv. Sobre el último cÃrculo y la alétheia de Dante
Finalmente, en el noveno cÃrculo radica el pecado de
la traición; aquellas almas que cometieron el pecado más grave contra el amor y
la lealtad. Este cÃrculo es helado. “Los cuerpos están
congelados en el lago Cocytus, reflejando el frÃo emocional y la ausencia total
de amor que acompaña a la traición” (Raffa, 2007, p.12), pues para Dante, todo traidor debe estar completamente
privado de calor, siendo esto el contrapasso del hielo interior que los
caracterizó en vida. Cuanto más grave la traición, más profundo el hielo. AquÃ
yacen los traidores a sus benefactores, a sus huéspedes, a sus familias y a su
patria.
En el centro de este lago reside Lucifer, quien cayó
hasta ese lugar por su máxima traición contra Dios. Aquà el contrapasso
adquiere su sentido absoluto, pues el amor que da calor y vida aquà es
reemplazado por el frÃo de la negación. Lo terrible de esto es que el castigo
en este cÃrculo no es el acto, sino la ausencia de él.
Lucifer en esta obra es descrito como una bestia de
tres cabezas. Las de los extremos mastican a Casio y a Bruto, principales
ejecutores de la muerte del emperador Julio César, y la de en medio mastica a
Judas, el responsable de la muerte de Jesucristo.
Con la intención de cerrar circularmente este ensayo
sobre La Divina Comedia, quisiera regresar al conflicto polÃtico-religioso que
causó el exilio de Dante y que desarrollé en un principio, pues me parece una
mención fascinante tomando en cuenta que el conflicto de ambas fuerzas
totalitarias -la religión y la polÃtica- dieron origen a su mayor infelicidad.
AsÃ, el exilio y el Infierno se entremezclan como
espacios de común sufrir. Pero mientras que el primero fue el castigo que Dante
sufrió en vida, el segundo fue el fruto del dolor de su mente y de su corazón.
A través de estos nueve cÃrculos, el maestro Dante
Alighieri articula una visión de justicia que entrelaza la moral, la teologÃa y
la poesÃa. Ella, en conjunto con el principio del contrapasso no se
limita meramente a castigar, sino que educa, revela y restituye el equilibrio
del mundo.
En cada pena se descubre la justicia divina que
respalda al universo, de donde nuestra dimensión inmaterial no va a poder
escapar. Tal como dijo Virgilio en el quinto cÃrculo “No temas, pues nadie
puede cerrar el paso que Dios nos ha abierto”, (Alighieri, 2016, p.
72), el conocimiento es inevitable, asà como lo es el castigo y la recompensa.
Concluyo además, que el placer tiene que ver con todos
los cÃrculos del infierno de Dante, pues cada pecado es cometido para
alcanzarlo. Ya sea el placer de los sentidos, del poder, del orgullo, todos los
condenados compartieron el mismo impulso inicial, que fue satisfacer su deseo
inmediato que los apartó del bien supremo.
Dante, vÃctima del injusto exilio, convierte su
escritura en un acto de protesta y restauración espiritual. Allà donde las
instituciones fallaron, su arte impuso un orden que no admitió corrupción ni
favoritismo. Asà fue como Dante trascendió y logró lo que ningún poder terrenal
pudo ofrecer hasta el dÃa de hoy, que es honrar de verdad a la justicia aunque
por ella haya padecido un infierno, aunque por ella haya padecido dolor.